jueves 5 de noviembre de 2009

¡Ojalá vuelvan los sacerdotes de antes!





“¿Torna el capellà d’abans?” (“¿Vuelve el sacerdote de antes?”). Con este título –que esconde mal el disgusto que causa a su autor esta posibilidad– comienza un artículo publicado en “El Pregó eclesial d’informació i opinió” (n. 373, del 1º de octubre de 2009), que es una glosa de otro aparecido en el sitio virtual italiano “Adista”. (Pueden clicar las imágenes para verlas en tamaño real)La reacción instintiva que nos provocó su lectura fue responder al interrogante: ¡ojalá! Porque la verdad es que si dependemos de la idea del sacerdocio católico que subyace a lo escrito por mossèn Totosaus estamos arreglados. Afortunadamente, hay signos esperanzadores de que el espíritu trabucaire que se puso en boga en los años salvajes del post-concilio (y que, todo hay que decirlo, ya se incubaba en época pre-conciliar) se va extinguiendo inexorablemente. Es una cuestión natural de edad. Lo mismo que en los años sesenta y setenta parte del clero que entonces conformaba la generación joven miraba con altanería y hasta desdén a los venerables sacerdotes y religiosos ancianos que conservaban sus sotanas y hábitos y su fidelidad inquebrantable a Roma y a la Tradición como si fueran carcamales que nada tenían ya que aportar, de modo semejante ahora es aquel mismo clero, envejecido y en declive el que ha quedado completamente desfasado. Pero con una gran diferencia: sus mayores defendían unos valores que, después de la experiencia de una hermenéutica de la ruptura dominante durante décadas, han demostrado ser más que nunca convenientes, necesarios y eficaces. Los revolucionarios de antaño, en cambio, han fracasado estrepitosamente en su intento de imponer un modelo de Iglesia (y de sacerdocio), diseñado en sus laboratorios, que nada tiene que ver con la evolución homogénea del catolicismo a lo largo de casi dos mil años de historia. Ahí están sus frutos: deserción sin precedentes de los efectivos del clero (tanto secular como regular) y descenso de las vocaciones sacerdotales y religiosas. Las cifras no mienten.

Monseñor Jean-Louis Bruguès, el arzobispo francés de origen catalán que es secretario de la Congregación para la Educación Católica (cuya cita al principio del artículo de mossèn Totosaus da pie a éste para su reflexión), aporta la clave para comprender el problema del sacerdocio católico en nuestros días: se trata de un asunto de identidad, es decir, ¿cómo se ve a sí mismo el sacerdote? ¿Qué noción tiene de lo que es y lo que representa? La cuestión de la identidad cristiana, pero sobre todo de la identidad sacerdotal, se plantea hoy en torno al fenómeno de la secularización. Una corriente llamada de componenda intenta descubrir en el secularismo valores que reivindica como de origen cristiano y, a partir de allí, llegar a una convivencia normal y adaptarse al mundo. Otra corriente llamada de contestación sostiene que las diferencias entre el cristianismo y el secularismo tienden a ser cada vez mayores, haciéndolos irreconciliables, por lo cual es necesario conformar un modelo cristiano alternativo al modelo secularista dominante, aunque se trate de una minoría. Esta diferencia de actitudes se observa, siempre según monseñor Bruguès, en los candidatos al sacerdocio que llaman a las puertas de los seminarios, advirtiéndose que son sensiblemente más los que se muestran partidarios de la corriente contestataria, mientras los de la corriente de componenda son cada vez menos. Mossèn Totosaus, ante este planteamiento de los “contestatarios” de la necesidad de afirmar la identidad cristiana y sacerdotal frente al peligro de confusión con el espíritu del secularismo, se pregunta: “¿en qué nos hemos de distinguir de aquellos que no comparten nuestra fe?”.

Pues la respuesta es que en mucho, ya que hay una radical separación entre el espíritu cristiano y el espíritu del mundo, tal y como lo estableció el mismo Jesucristo, constituido como “signo de contradicción” (Luc. II, 34), el cual dijo a sus discípulos: “Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo os amaría como cosa suya, pero como no sois del mundo, sino que yo os he escogido sacándoos del mundo, por eso el mundo os odia. Recordad lo que os dije: No es el siervo más que su amo. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán; si han guardado mi palabra, también guardarán la vuestra. Y todo eso lo harán con vosotros a causa de mi nombre, porque no conocen al que me envió” (Ioann. XV, 18-21). Y lo mismo en la oración sacerdotal: “No ruego por el mundo, sino por los que Tú me diste; porque son tuyos, y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío, y yo he sido glorificado en ellos. Y yo ya no estoy en el mundo; pero ellos están en el mundo, mientras yo voy a Ti. (…) Yo les he dado tu palabra, y el mundo les aborreció; porque no eran del mundo, como yo no soy del mundo. No pido que los tomes del mundo, sino que los guardes del mal. Ellos no son del mundo, como no soy del mundo yo. Santíficalos, en la verdad, pues tu palabra es verdad. Como Tú me enviaste al mundo, así yo los envié a ellos al mundo. Y yo por ellos me santifico, para que ellos sean santificados por la verdad. Pero no ruego solamente por éstos, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como Tú, Padre, estás en mí y yo en Ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo crea que Tú me has enviado”. (Ioann. Cap. XVII).

Incluso en épocas de cristianismo oficial, cada vez que el fervor y la exigencia moral de la Ley de Jesucristo se amortiguaban, se hacía patente la necesidad de marcar las distancias entre el espíritu cristiano y el del siglo. Pasó, por ejemplo, en el siglo IV, cuando, tras el Edicto de Milán, la Iglesia experimentó el advenimiento en masa de nuevos adeptos, lo que provocó una depauperación en la radicalidad de la observancia cristiana. Fue entonces cuando Antonio de Egipto, vendiendo sus ricas posesiones para darlas a los pobres y huyendo al desierto de la Tebaida, inauguró el gran movimiento del monacato, que salvó al Cristianismo de la mediocridad y del conformismo. Lo mismo dígase de la importantísima reforma del siglo XI, iniciada en Cluny contra la decadencia de la “centuria de hierro” y llevada a cabo a costa de muchas vicisitudes y choques con el poder temporal por San Gregorio VII. Lo interesante de este ejemplo es que los tiempos de los que se trataba eran los de la Edad de la Fe y, no obstante, la Iglesia vio la necesidad de demarcar los ámbitos, distinguiendo claramente el ámbito espiritual del dominio de lo temporal, combatiendo especialmente el aseglaramiento de los clérigos y su asimilación al mundo. La célebre Querella de las Investiduras es muy ilustrativa al respecto. En fin, un tercer caso es el de Francia cuyo alto clero no escapaba a la tentación temporalista bajo el Ancien Régime. La Revolución sirvió al menos para galvanizar el espíritu propiamente religioso de sus miembros, privados por ella de sus privilegios y sometidos a cruel persecución. La prodigiosa regeneración católica de Francia durante del siglo XIX se debió precisamente a la neta oposición al espíritu del mundo.

Digámoslo alto y claro: si no se tiene clara consciencia de que un cristiano –y a fortiori un sacerdote– ha de distinguirse del mundo aun estando inmerso en él, se acaba por perder la propia identidad, que deja de ser la sal y el fermento de ese mismo mundo para convertirse en algo soso y sin substancia, como un espectro evanescente. Estamos en el mundo, pero no somos del mundo. El Reino de Cristo no es de este mundo ahora, pero está en este mundo y está para interpelarlo desde su radical heterogeneidad con él. Si los cristianos no nos distinguimos de una sociedad tibia, indiferente u hostil, ¿cómo podemos ser luz del mundo y sal de la tierra? ¿Qué valores vamos a predicar? Porque “la libertad, la igualdad, la solidaridad, la responsabilidad” invocadas por mossèn Totosaus son valores bien distintos según los conciba un cristiano o un agnóstico. Tomemos la libertad, por ejemplo: para la Iglesia la libertad está en los medios y no en los fines, de modo que el hombre libre es el que sabe escoger el medio que considera más apto para la consecución de un fin determinado, que no puede ser sino bueno y nos es indicado por la Ley eterna, a la que debe adecuarse la conciencia; para el liberalismo radical, en cambio, la libertad está en los fines, en el hecho mismo de escoger, aunque lo que se escoja sea malo, pues no se reconoce una Ley eterna (relativismo) y en consecuencia prima la conciencia (subjetivismo). De aquí la enorme diferencia y el contraste existente, por ejemplo, entre la actitud cristiana y la secularista frente al aborto: para la primera no existe libertad para abortar, pues va contra la Ley de Dios y la ley natural; para la segunda, el aborto es una manifestación de la libertad de la madre para hacer con su cuerpo lo que quiera. Es evidente que se trata de dos conceptos irreconciliables. ¿Dónde está, pues, “la fuerte densidad cristiana” de la libertad según la entiende la sociedad agnóstica actual?

Pasemos al comentario que hace el autor del artículo a la indicción del año sacerdotal 2009-2010 en conmemoración del 150º aniversario de la piadosa muerte del Santo Cura de Ars, patrono de los párrocos de todo el mundo declarado por Pío XI y modelo de sacerdotes propuesto por Benedicto XVI. Según mossèn Totosaus “es lícito preguntarse si no es arriesgado acudir al cura de Ars para aspectos muy importantes del testimonio evangélico de los sacerdotes en el mundo de hoy”. Y cita la carta del Papa cuando habla del sacramento de la penitencia: “Los sacerdotes no deberían resignarse nunca a ver vacíos sus confesonarios ni limitarse a constatar la indiferencia de los fieles hacia este sacramento. En Francia, en tiempos del Santo Cura de Ars, la confesión no era ni más fácil ni más frecuente que en nuestros días, pues el vendaval revolucionario había arrasado desde hacía tiempo la práctica religiosa. Pero él intentó por todos los medios, en la predicación y con consejos persuasivos, que sus parroquianos redescubriesen el significado y la belleza de la Penitencia sacramental”. Dice que estas palabras “chirrían” (grinyolen) porque Roma y los obispos se oponen a la recuperación del perdido sentido comunitario de la Penitencia y, además, es ilusorio pensar en largas colas ante los confesionarios cuando no hay ni de lejos “un sacerdote para cada campanario”.

Es evidente que el articulista se refiere a las absoluciones colectivas sin confesión auricular personal (cosa justamente prohibida), pues las celebraciones comunitarias de la Penitencia con confesión personal sí están permitidas. Aquí se hace gala de ese obstinado “arqueologismo” que condenaba tan acertadamente Pío XII en su encíclica Mediator Dei (1947) sobre Sagrada Liturgia. Porque, vamos a ver, ¿por qué recuperar un solo aspecto del pasado, sacándolo de su contexto, y no rescatar también toda la praxis penitencial de la Antigüedad, con los catálogos de pecados y sus severísimas penas respectivas, las penitencias públicas, etc.? La Iglesia sabiamente transformó la administración del sacramento de la confesión para facilitar su recepción por los fieles. En cuanto a que no hay ya hoy esas largas colas ante los confesionarios es el pez que se muerde la cola. Si los sacerdotes no hablan del pecado, si no son asequibles a los fieles, si muchas iglesias permanecen cerradas la mayor parte del día (abriéndose sólo para las misas), los penitentes no acudirán. Y si no acuden, los sacerdotes se desentienden fácilmente del confesionario. Y así se crea un círculo vicioso. No importa si hay o no muchos sacerdotes: no es cuestión de la cantidad de clero, sino de su actitud. El cura de Ars estaba solo y venían a confesarse con él a millares de muchas partes de Francia, atraídos por su celo por las almas, sobre todo en el santo tribunal de la penitencia.

Pero no se detiene aquí la crítica de mossèn Totosaus. Dice que es inútil buscar una dimensión comunitaria en la concepción que de la Eucaristía tiene San Juan María Vianney, centrada como está en la presencia real, la adoración y la comunión, lo cual supone una visión centrada en la devoción personal. Esto no ayuda –según él– a que la Eucaristía sea “el centro de la vida de las comunidades” ni “a renovar su lenguaje para que se adapte mejor al mundo en el que vivimos”. Aquí se demuestra una ignorancia supina –e injustificable en un sacerdote– acerca de lo que es la Eucaristía. Sin la presencia real de Cristo bajo las especies de pan y de vino no hay Eucaristía en el sentido católico y, por lo tanto, no tendría sentido ni la adoración ni la comunión. Pero para que haya presencia real es necesario que haya sacrificio y eso es precisamente lo que constituye la esencia de la Misa. La Eucaristía es, pues, sacrifico y sacramento, y no cualquier sacramento, sino el magnum sacramentum, el mysterium fidei. Ahora bien, la misa es el supremo acto del culto litúrgico y, en cuanto tal, es siempre un acto público, que compromete a toda la Iglesia, aunque sea celebrado a solas por el sacerdote. El sacrificio eucarístico no es, pues, ni puede ser un asunto personal o privado y es per se el centro de la vida espiritual de toda comunidad católica.

Por lo que respecta a los aspectos de presencia real, de adoración y de comunión, no implica ello necesariamente una piedad personal contrapuesta a la piedad comunitaria. El solo hecho de cantar juntos el Tantum ergo, de rezar en común la estación del Santísimo Sacramento, de entonar cánticos eucarísticos en lengua vernácula (de los que existen ricos muestrarios precisamente de la época en la que vivió el santo párroco) ya testimonian un sentido de comunidad en la fe y en la devoción. Por otra parte, ¿qué tiene de malo recogerse también en oración personal, en diálogo íntimo con Dios? El Evangelio nos dice que Jesucristo solía retirarse a orar a solas. ¿Significa ello que no tenía sentido de comunidad con sus discípulos? Aquella machacona insistencia en el lenguaje y su necesaria adaptación al mundo moderno es contraria al ethos religioso y, especialmente, al litúrgico. Las Ciencias de la Religión, especialmente la Fenomenología, muestran cómo el ser humano entra en relación con la divinidad precisamente en el terreno de lo sagrado, en el que se percibe una clara discontinuidad con la vida común y corriente. Por eso, en todas las religiones el ceremonial y, en general, todo lo que tiene que ver con lo Absolutamente Otro, se expresa en categorías distintas de la existencia ordinaria: lengua litúrgica (frecuentemente arcaica e ininteligible para el pueblo), vestiduras especiales y de exclusivo uso cultual, elementos que no se emplean nunca en la existencia cotidiana, etc.). Las iglesias orientales son un buen y cercano ejemplo de cuanto decimos. ¿Debemos considerarlas desfasadas o inadaptadas al mundo en que vivimos? El culto religioso, especialmente el católico, no es un asunto de estar à la page, sino de Tradición (que no es conservadurismo): la Iglesia, como el paterfamilias del Evangelio, saca de su tesoro “nova et vetera”.

Quizás lo más lamentable del artículo que comentamos es la burla ácida que hace su autor de las expresiones del cura de Ars sobre el sacerdocio, diciendo que consideraciones de ese tipo hacían reír ya en los años cincuenta a los seminaristas. Y, ¿cuáles son esas consideraciones? Básicamente dos: el sacerdocio como producto del amor del Corazón de Jesús y la absoluta necesidad del sacerdocio para comunicar la vida de la gracia. Pero resulta que Jesucristo instituye juntamente el sacramento de la Eucaristía y del Orden precisamente en un contexto de amor. San Juan dice, en efecto, al comenzar su relato de la Última Cena, que Jesucristo, “habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo” (Ioann. XIII, 1). Es el testimonio del que se llamaba a sí mismo “el discípulo amado”, del apóstol que reclinó su cabeza en el pecho de Jesús (por lo que se considera el precursor de la devoción al Sagrado Corazón), el mismo que al final de sus días, cuando le preguntaban por las enseñanzas que oyera al Maestro, respondía invariablemente insistiendo en el amor. Bien puede, pues, considerarse que el sacerdocio, al igual que la Eucaristía, es un don del amor del Corazón de Jesús.

En cuanto al sacerdocio como vehículo de la vida sobrenatural, baste citar la Epístola a los Hebreos (V, 1-3): “Porque todo sumo sacerdote tomado de entre los hombres es constituido a favor de los hombres en lo que a Dios se refiere, para que presente ofrendas y sacrificios por los pecados; para que se muestre paciente con los ignorantes y extraviados, puesto que él también está rodeado de debilidad; y por causa de ella debe ofrecer por los pecados, tanto por sí mismo como también por el pueblo”. También a San Pablo: “Que todo hombre nos considere como servidores de Cristo y dispensadores de los misterios de Dios” (I Cor. IV, 1). El sacerdote, pues, es un sacrificador y un santificador: ésa es su esencia y no otra. Toda función que sea distinta a aquellas dos es accesoria y secundaria. ¿Es esto risible? Sería grave considerarlo así. Lo malo es que mossèn Totosaus no se refiere sólo al lenguaje, al que considera obsoleto (lo que no invalida la vigencia del contenido, de modo semejante a como la mística de Santa Teresa es siempre vigente aunque esté expresada en el castellano del siglo XVI, que hoy nadie usaría).

El problema es que eran las consideraciones subyacentes a él las que provocaban sus sonrisas en los años cincuenta. Las considera una “mitificación” del sacerdote. O sea que sostener que el sacerdote es ordenado para el sacrifico y para administrar los sacramentos y con ello distribuir la gracia de Dios es un mito, una patraña, una conseja de vieja beata, que el Concilio Vaticano II se encargó de disipar… Entonces, ¿qué diantres es el sacerdote, mossèn? Díganoslo Su Reverencia. Porque, por lo visto, el actual papa está demasiado contaminado de “cultura tridentina” con todo su “imaginario siniestro” (el clerical preconciliar). ¡Cómo se nota que no le perdonan a Benedicto XVI que esté intentando pasar página a décadas de dictadura progre propiciando así una necesaria “reconciliación interna en el seno de la Iglesia” (Carta a los Obispos que acompaña el motu proprio Summorum Pontificum)! Lo hace serenamente, sin celo indiscreto, con extrema delicadeza para no herir susceptibilidades (todo lo contrario a como hace cuarenta años se impusieron abusivamente reformas supuestamente queridas por el Vaticano II), pero es inútil. Los partidarios de la hermenéutica de la ruptura no quieren tregua ni la darán. Y esperan como agua de mayo la muerte del odiado papa Ratzinger para tomarse revancha. No es una impresión: hay sacerdotes que no se avergüenzan de decirlo en alta voz. Nuestro único consuelo está en saber que se trata de los resentidos del inmediato postconcilio, gente ya caduca cuyo ejemplo estéril ya no es capaz (si alguna vez lo fue) de entusiasmar a los jóvenes con vocación. Ellos mismos lo admiten: los candidatos al sacerdocio partidarios de la corriente de componenda con la secularización (y de la hermenéutica de la ruptura) “se vuelven cada vez más escasos, con gran disgusto de los sacerdotes de las generaciones mayores”. Dios quiera conservarnos al gran Benedicto XVI largos años (después de todo León XIII vivió hasta los 93 y el papa Luna hasta los 95), pero en todo caso, su pontificado ya está dejando huella y no será fácil deshacer lo que él ha logrado.

Como colofón a estas líneas y aunque la cita sea un poco larga, vale la pena recordar la doctrina sobre el sacerdocio de un papa a cuya memoria se sienten tan apegados muchos obispos y sacerdotes de la cuerda de mosén Totosaus y que ha tenido la mala fortuna de ser el gran incomprendido del siglo XX: Pablo VI. En su preciosa encíclica sobre el celibato (publicada después del Concilio) tiene unas frases que, como picas implacables, derriban todos los argumentos de los enemigos de la “siniestra mitificación clerical tridentina” del sacerdocio. Helas aquí:

“El sacerdote, dedicándose al servicio del Señor Jesús y de su cuerpo místico en completa libertad, facilita su total ofrecimiento, realiza más plenamente la unidad y la armonía de su vida sacerdotal. Crece en él la idoneidad para oír la palabra de Dios y para la oración. De hecho, la palabra de Dios, custodiada por la Iglesia, suscita en el sacerdote que diariamente la medita, la vive y la anuncia a los fieles, los ecos más vibrantes y profundos.

“Así, dedicado total y exclusivamente a las cosas de Dios y de la Iglesia como Cristo, su ministro, a imitación del sumo sacerdote, siempre vivo en la presencia de Dios para interceder en favor nuestro, recibe del atento y devoto rezo del oficio divino, con el que él presta su voz a la Iglesia que ora juntamente con su Esposo, alegría e impulso incesantes, y experimenta la necesidad de prolongar su asiduidad en la oración, que es una función exquisitamente sacerdotal.

“Y todo el resto de la vida del sacerdote adquiere mayor plenitud de significado y de eficacia santificadora. Su especial empeño en la propia santificación encuentra efectivamente nuevos incentivos en el ministerio de la gracia y en el ministerio de la eucaristía, en la que se encierra todo el bien de la Iglesia. Actuando en persona de Cristo, el sacerdote se une más íntimamente a la ofrenda, poniendo sobre el altar su vida entera, que lleva las señales del holocausto
” (Encíclica Sacerdotalis coelibatus de 1967, 27-29).

Conclusión: ¡ojalá vuelvan los sacerdotes de antes!


Aurelius Augustinus
Semper Idem

Fuente: Germinans Germinabit
http://www.germinansgerminabit.org/

martes 13 de octubre de 2009

Misa en Barcelona en honor a Pío XII (viernes 9 de octubre de 2009): reportaje gráfico

La misa fue en memoria de Pío XII
en el 51º aniversario de su tránsito

También se conmemoró el LXXV aniversario del
XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires

El invitado de honor: Mossèn José Mariné Jorba,
que conoció al cardenal Pacelli a su paso por
Barcelona y fue agasajado por sus 90 años


El altar preparado para el rito romano extraordinario

La entrada del celebrante, Mossèn Francesch Espinar
i Comas, párroco en Barcelona y sus ayudantes

Introibo ad altare Dei

Incensación al ofertorio

Elevación de la sagrada forma

Elevación del cáliz

Abluciones

Postcomunión

Bendición


HOMILÍA MISA DEL 9 DE OCTUBRE

Pronunciada por mossèn Francesch Espinar i Comas, párroco de San Juan Bautista de Barcelona, en la iglesia parroquial de San Juan María Vianney, el 9 de octubre de 2009.

En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Reverendo Padre Mariné, hermanas y hermanos todos:

Hace medio siglo acababa la peregrinación terrestre de Pío XII, un papa que marcó época y puede ser considerado entre los más grandes de los tiempos modernos. Algunos de los que están aquí presentes lo recuerdan como el papa de su niñez y juventud, crecieron a la luz y bajo la sombra de su largo pontificado de casi veinte años, fueron, por así decirlo, católicos de una era de esplendor del Catolicismo, que podemos con justicia llamar “pacelliana”. Otros nacimos después de su muerte, pero llegamos a conocerlo y a admirarlo gracias a nuestros padres y abuelos y a que su influjo en la vida de la Iglesia no sólo no se ha apagado, sino que se hace cada vez más vigente hoy, cuando el tiempo va poniendo a los personajes y los acontecimientos de la difícil época postconciliar en su justa perspectiva, gracias a la sabiduría del Santo Padre Benedicto XVI, felizmente reinante.

Las modas pasan, lo clásico queda. Y esto no es cierto sólo referido al Arte o a toda manifestación de la creatividad humana: también lo es respecto de las creencias, de la fe. La Iglesia cuenta con la Tradición como criterio de lo que es perenne y de lo que es efímera producción del capricho humano. Pero, ¡ojo!, “Tradición” no significa mero conservadurismo ni inmovilismo. La Tradición es ese padre de familia del Evangelio que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas. La misma palabra “traditio”, significa “transmisión”, “entrega”. Pero no se transmite ni se entrega sino lo que previamente se considera que puede servir en el futuro. Lo demás, lo inútil o lo estropeado se descarta. Así pues, la Tradición selecciona en cada momento lo que vale la pena que sea transmitido a las generaciones sucesivas y deshecha lo que sólo puede constituir un lastre, que quizás fue útil en su momento, pero ahora ya no funciona.

Esta consideración nos lleva a concluir que Pío XII no fue un papa conservador ni inmovilista, pero fue un papa tradicional, en el mejor de los sentidos, pues preservó la fe como el que más, pero estuvo siempre atento a las exigencias de los tiempos y a las necesidades de los fieles. El mismo pontífice que se sometía al antiguo y fastuoso ceremonial papal, apareciendo como una figura mayestática de otros tiempos, era el mismo que asombraba a sus auditorios más selectos y exigentes con alocuciones de la mayor actualidad y competencia en los temas más diversos. Podría citar innumerables ejemplos de cómo Pío XII fue un adelantado en diferentes aspectos del catolicismo: en materia litúrgica y sacramental, en la internacionalización del Sacro Colegio y de la Curia Romana, en la promoción de nuevas formas de vida consagrada, en el fomento del apostolado seglar, en la conveniencia de una opinión pública en la Iglesia, en la importancia que atribuyó a los modernos medios de comunicación de masas, en la renovación de los estudios bíblicos y un largo etcétera.

Pero quiero centrarme en algo que me parece de una especial importancia: la actividad misionera de la Iglesia. Pío XII fue el Papa de las Misiones, a las que dio lo que podemos considerar su “magna carta”: la encíclica Fidei donum, la conmemoración de cuyo quincuagésimo aniversario en 2007 abrió las celebraciones del año pacelliano 2008-2009 que estamos concluyendo. Como decía el sacerdote mercedario que pronunció la brillante conferencia de aquel día, este documento del papa Pacelli fue un revulsivo para todos los misioneros y los conmovió profundamente. Lo que venía a decir el Santo Padre era que el don de la Fe debía comunicarse a todas las gentes para extender el reinado de Jesucristo y edificar la ciudad de Dios ya en este mundo, contribuyendo así a una auténtica promoción humana. Pío XII sostenía que la Iglesia es misionera por vocación y que las misiones, en consecuencia, son cosa de todos, cada uno según sus posibilidades, y en ellas se colabora mediante la oración y el sacrificio, la cooperación económica y el fomento de vocaciones misioneras. En aquellos años el Papa miraba especialmente al África y sabe Dios que sus desvelos por ella dieron óptimos frutos. El sínodo de África, que tiene lugar actualmente en Roma, es testimonio de la abundante cosecha que produjo la intensiva siembra de la Fe en ese continente tan golpeado pero tan esperanzador en tiempos de Pío XII, que siguió en ello las huellas de sus predecesores, especialmente su amado mentor Pío XI.

Eugenio Pacelli estaba imbuido de la gran idea de Cristiandad, quería que la Iglesia estuviera presente y fuera pujante en todos los rincones de la Tierra para la conquista espiritual de un mundo roto por los egoísmos y las guerras. De hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, fue el Catolicismo la fuerza más dinámica para la reconstrucción de Europa y de la civilización. Esa idea de Cristiandad, que compartía con el papa Ratti (cuyo lema era “Pax Christi in Regno Christi”), fue la que inspiró no sólo su pontificado, sino, ya antes, su labor al servicio de la Santa Sede, como diplomático y, sobre todo, como Secretario de Estado. En este sentido, sus viajes como legado pontificio de Pío XI tienen especial significación. Hoy me quiero referir concretamente al que hizo en 1934 para asistir, como representante del Papa, al XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, y lo hago por dos motivos: porque este año se cumple el 75º aniversario de tan magno evento y del paso del entonces cardenal Pacelli por nuestra querida ciudad de Barcelona rumbo a la Argentina y viniendo de ella, y porque está hoy entre nosotros, como invitado de honor, alguien que fue testigo presencial de esa breve visita y tuvo la oportunidad de saludar al ilustre purpurado: el R.P. José Mariné Jorba.

La Iglesia Católica en Hispanoamérica se había resentido del sistema del regio patronato, que interponía a la Corona Española como intermediario necesario –y, a veces, incómodo– entre ella y Roma. Al producirse la independencia de las naciones que habían formado el Imperio Español en América, muchos obispos, fieles a la metrópoli, se marcharon de vuelta a la Península, dejando a la Santa Sede en una posición incómoda frente a los nuevos regímenes, algunos de los cuales eran francamente hostiles a la Iglesia. Aunque Roma obró con la máxima prudencia y acabó aceptando la realidad de los hechos, lo cierto es que las iglesias de los distintos países no tenían una fluida comunicación con ella ni entre sí. El Congreso de Buenos Aires, con la presencia de un legado papal (cosa extraordinaria en una época en la que los Papas no viajaban y los cardenales eran relativamente pocos, lo que aumentaba su prestigio), fue una magnífica ocasión para que se reunieran los prelados del Nuevo Mundo y compartieran unos días de intensa comunión eclesial. Además, muchos otros dignatarios del Viejo Continente y del resto del mundo se hallaron también presentes, mostrando la universalidad de la Iglesia. El Congreso, pues, constituyó una experiencia extraordinaria para el catolicismo americano, cuya importancia puede parangonarse a la de la celebración del Concilio Limense III, que a finales del siglo XVI organizó el catolicismo en las tierras recién incorporadas a España.

La presencia del cardenal secretario de Estado Pacelli en América fue un acontecimiento que dejó indeleble impronta en los ánimos de todos: grandes y humildes, jefes de Estado y de Gobierno y súbditos, altos prelados y fieles sencillos… La misma que dejaría a su paso por Barcelona. Dos veces estuvo aquí: la primera el 25 de septiembre de 1934, a la ida (realizaría otra escala en Las Palmas de Gran Canaria antes de lanzarse a la travesía del Atlántico), y otra el 1º de noviembre siguiente, a la vuelta, invitado por el General Domingo Batet, capitán general de Cataluña (que acababa de sofocar con el mínimo de destrucción y violencia la insurrección de la Generalitat que había tenido lugar a principios de octubre). Fue en la primera de esas ocasiones cuando, conducido al puerto por su obispo (el futuro mártir monseñor Manuel Irurita) junto con sus otros condiscípulos, tuvo el joven seminarista menor José Mariné la preciosa oportunidad de saludar al cardenal legado de Pío XI. La impresión que aquél tuvo de la majestad y el ascetismo del estilizado príncipe de la Iglesia quedó para siempre grabada en su espíritu y reforzaría a buen seguro su vocación. Pasadas las vicisitudes de la Guerra, el seminarista Mariné logró culminar los estudios del seminario y su preparación y fue ordenado en 1944 por el Dr. Gregorio Modrego y Casaus, arzobispo eminentemente pacelliano, que protagonizaría otro memorable Congreso Eucarístico Internacional: el de Barcelona de 1952, convocado y llevado a cabo en completa sintonía con Eugenio Pacelli, convertido en el papa Pío XII.

Puede decirse que el sacerdocio de Mossèn Mariné se moldeó y adquirió su carácter definitivo teniendo a la vista estos dos grandes ejemplos de sacerdotes y pastores: Pío XII y el arzobispo Modrego. Los primeros catorce años de su ministerio coinciden con la época dorada de ambos pontificados. Y nuestro querido padre espiritual fue un discípulo ciertamente aventajado. Por allí por donde pasó dejó un recuerdo imborrable: por su caridad, por su dedicación, por su celo por las almas. No es necesario abundar en el encomio porque todos los que lo conocen saben perfectamente de la calidad humana y sentido cristiano de Mossèn Mariné, en quien saludamos a un sacerdote ejemplar, que a sus casi noventa años (que cumplirá en tres días, en la fiesta del Pilar), sigue en la brecha del buen combate por Dios y por la salvación de las almas, como eterno misionero en el estilo y el espíritu de Pío XII. Que Dios le premie, querido Don José, por ser apoyo y modelo de tantos sacerdotes, por ser solícito con tantos feligreses, por ser caritativo con tantos necesitados y por su incomparable apostolado para con los moribundos.

Con este triple recuerdo y homenaje: el del gran papa Pío XII, el del XXXII Congreso Eucarístico de Buenos Aires y el paso del cardenal Pacelli por Barcelona, y el de Mossèn Mariné, prosigamos la Santa Misa, que celebramos en el rito romano clásico, que tanto ilustró el papa Pacelli con su encíclica Mediator Dei y que nuestro Santo Padre Benedicto XVI quiere que vuelva a tener el puesto que le corresponde en la vida de los católicos, rito que, por cierto, siempre ha celebrado el Padre Mariné, sin ninguna rebelión ni espíritu de discordia, sino con la serenidad de quien está en consonancia con los Romanos Pontífices y siente con la Iglesia.

Ave María Purísima.



domingo 11 de octubre de 2009

El lamentable artículo de Canals (comentarios de UNA VOCE MÁLAGA)



Reproducimos el artículo de don Juan María Canals Casas, CMF, secretario técnico de la Comisión Episcopal de Liturgia de la Conferencia Episcopal Española (foto), titulado "¿Dos formas para un solo Rito?, a propósito del regreso de la Misa Preconciliar", que puede leerse en la página web de la Comisión Episcopal de Liturgia, de la Conferencia Episcopal Española, apartado "documentos". Intercalamos, en color rojo, nuestros comentarios.




¿DOS FORMAS PARA UN SOLO RITO?:
A PROPÓSITO DEL REGRESO DE LA MISA PRECONCILIAR

Ya solo el titular del artículo es tendencioso y descortés hacia Su Santidad el Papa. Si el Santo Padre afirma que el Rito Romano tiene hoy dos formas, una Ordinaria y otra Extraordinaria, ¿a qué vienen los signos de interrogación? ¿Cuestiona el autor que haya dos formas del Rito Romano? ¿Corrige al Santo Padre?.

Otros dos desaciertos: utilizar el término misa preconciliar, siendo el misal del Beato Juan XXIII el propio de todas las sesiones del Concilio Vaticano II. Si el Santo Padre adopta la definición de "Forma Extraordinaria", ¿por qué Canals utiliza "preconciliar"?.

El empleo de un término arcaizante pone ya en guardia contra el motu proprio.
Por otra parte, se echa de menos una mayor delicadeza en el autor a la hora de escoger el lenguaje. La "Misa" no regresa, ni va ni viene, la Misa es única y sagrada; hablemos mejor de misales.

Tras una campaña mediática difícilmente imaginable antes de que se produjera, finalmente se ha publicado el Motu Proprio Summorum Pontificum. Ahora que lo tenemos delante, junto a la Carta dirigida a los Obispos que lo acompaña, podemos tratar de comprender el contenido, y su significado.Debemos comenzar afirmando que se trata de un documento firmado por el Papa, y que ha de ser recibido con respeto y atención. Y que, en la noble intención que lo motiva, trata de sanar conflictos que se manifestaron especialmente en el inmediato postconcilio. (Conflictos que se debieron -bueno es recordarlo- a la prepotencia con que se impuso como obligatorio el nuevo uso litúrgico, siendo así que el antiguo, como bien ha señalado el Papa, nunca fue abrogado).

La cuestión que ahora se plantea es si se logrará este objetivo. Todos desearíamos que sí, pero el resultado no parece darlo por descontado el Papa, ya que en la carta prevé la posibilidad de replantear la cuestión dentro de tres años, si surgieran especiales problemas en la aplicación de este Motu Proprio (desde luego con artículos como el que se comenta, difundido por la propia Comisión Episcopal de Liturgia, no hay que dar por descontado nada). No hay muchas cosas nuevas en este documento papal (¿no hay muchas cosas nuevas? ¿y el reconocimiento del derecho universal para todos los sacerdotes de usar el Misal de Juan XXIII, el breviario, el derecho de los fieles a los sacramentos según la Forma Extraordinaria?).
Muchas de sus disposiciones estaban ya en vigor tras “Ecclesia Dei Adfflicta” que amplió, aunque de un modo vago, la restrictiva legislación del documento de 1986 “Quattuor abhinc annos”. Este Motu Proprio recientemente publicado elimina ambigüedades y resuelve disputas, aunque algunas respuestas susciten no pocos recelos (esa es una opinión personal). Por ejemplo, deja claro que el uso de los antiguos libros litúrgicos nunca estuvo prohibido. La antigua forma nunca fue “abrogada”. Algunos piensan que sí lo fue. Éste ha sido hasta ahora un punto debatido (hasta ahora, pero no en adelante. La duda ha sido zanjada por la interpretación auténtica del Papa, que es el supremo legislador de la Iglesia. Si el Romano Pontífice dice que el misal anterior a las reformas postconciliares nunca fue abrogado, no hay debate que valga: nunca fue abrogado y punto). ¿Cómo debemos entender las siguientes afirmaciones del papa Pablo VI en la Constitución Missale Romanum de 3 de Abril de 1969: “Nos, queremos dar fuerza de ley a cuanto hemos expuesto hasta ahora acerca del nuevo Misal Romano. Cuando Nuestro Predecesor San Pío V promulgó la edición oficial del Misal Romano, lo presentó al pueblo cristiano como un instrumento de unidad litúrgica y como un documento de la pureza del culto de la Iglesia. De modo análogo Nos… (…) Ordenamos que las prescripciones contenidas en esta Constitución entren en vigor el día 30 del próximo mes de Noviembre del corriente año (1969), primer domingo de Adviento. Queremos, además, que cuanto hemos establecido y prescrito tenga fuerza y eficacia ahora y en el futuro, sin que obsten, si fuere el caso, las Constituciones y Ordenaciones Apostólicas emanadas por Nuestros Predecesores, o cualquier otra prescripción, incluso digna de especial mención o derogación”? (El caso es que este pasaje de la constitución apostólica de Pablo VI está adulterado en las traducciones vernáculas. En latín dice: “Ad extremum, ex iis quae hactenus de novo Missali Romano exposuimus quiddam nunc cogere et efficere placet”, lo que rectamente traducido, según el sentido natural de las palabras y el estilo clásico simplemente reza: “Para terminar, de todo cuanto hasta aquí hemos expuesto sobre el nuevo Misal Romano, nos complace sacar una conclusión”. Y esta conclusión no es de modo alguno la sustitución obligatoria de un misal por otro, sino que el nuevo misal sea, como el anterior, un instrumento de unidad litúrgica. Nada más. De todos modos, al final del párrafo se da la fórmula promulgatoria, en la cual simplemente se dice que el nuevo rito de la Misa entra en vigor en determinada fecha, sin que ello suponga necesariamente la abrogación del hasta entonces vigente. La cláusula “sin que ello obste, etc.” es la que se estila en estos casos, pero no prejuzga la fuerza de las costumbres inmemoriales o de los privilegios e indultos perpetuos. No se le puede dar más importancia que la que los mismos detractores de la Misa tradicional atribuyen a las frases conminatorias de la bula Quo primum, a las que despachan precisamente como “fórmulas de estilo”. El mismo argumento vale contra ellos). En esta misma línea, se puede plantear el problema de la coexistencia de dos fórmulas sacramentales, tanto en la celebración eucarística como en la celebración de la Confirmación, cuyas fórmulas postconciliares están contenidas en las respectivas Constituciones Apostólicas, documentos de rango superior al Motu Proprio. (Distintas fórmulas sacramentales coexisten en la Iglesia Católica a través de los diferentes ritos orientales, sin que ello suponga ningún problema. ¿Por qué iba a ser diferente en el romano? Además, el Papa Benedicto XVI no está sujeto a lo que dispusiera su predecesor, como Pablo VI no lo estaba a lo establecido por San Pío V. En cualquier caso no existe la contradicción que parece colegir Canals, puesto que Benedicto XVI no ha inventado un derecho nuevo. Pablo VI ya otorgó permisos para oficiar con el Misal anterior -por ejemplo en Inglaterra y Gales- y Juan Pablo II aprobó institutos religiosos con uso exclusivo del Misal del Beato Juan XXIII. Ningún Papa posterior al Concilio ha considerado abrogado este Misal).

Las perspectivas manifestadas en la primera parte del Summorum Pontificum no son nuevas; sí son nuevas, sin embargo, las interpretaciones históricas, sobre todo en lo que se afirma respecto de Pío V y Pablo VI, y por las responsabilidades que se describen como confiadas a la Comisión pontificia Ecclesia Dei, que cobra un mayor protagonismo con este documento y, parece también, una mayor autonomía respecto a la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos. (Pareciera que a Canals le disgusta la autonomía de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei respecto a la Congregación para el Culto Divino. Ahora comprenderá lo que sentían en esa misma Congregación cuando se le dio carta blanca al famoso Consilium de Bugnini, que actuaba con la mayor libertad y al margen de aquélla). Resulta llamativo que la responsabilidad que antes recaía en el Obispo diocesano ahora se desplace sobre el párroco, al que se invita a acoger gustosamente las peticiones de los fieles, procurando “que el bien de estos fieles se armonice con la atención pastoral ordinaria de la parroquia (...) evitando la discordia y favoreciendo la unidad de toda la Iglesia” (n. 5). (No resulta tan llamativo este desplazamiento del poder de decisión de los Obispos a los párrocos, vista la actitud indiferente, reticente y hasta hostil de la gran mayoría de aquéllos al motu proprio Ecclesia Dei adflicta. Para evitar que pase lo mismo, muy inteligentemente da el Papa el poder a los párrocos, aunque ahora éstos puedan ser objeto de represalias). Se trata de una disposición que ha de ser leída con atención e interpretada adecuadamente, para afrontar posibles dificultades tanto de carácter celebrativo como de pastoral y espiritualidad. Lo que sí es evidente es que ningún sacerdote puede ser obligado a celebrar con el misal de 1962. (Como también es evidente que ningún sacerdote puede ser obligado a no oficiar con este misal). En la carta que acompaña se pone de manifiesto la intensa participación del Papa en esta problemática. Y es llamativa la distinción que se hace entre forma ordinaria y extraordinaria que caracteriza “dos usos del único rito romano” (n. 1); podría ser una novedad práctica que nace ahora. Nunca en la historia se ha dado el caso de dos formas distintas de celebrar un único rito. Se trata de una situación nueva que, sin duda, requerirá futuras valoraciones en su praxis. (El Novus Ordo tiene, él mismo, numerosas formas distintas de celebrarse, empezando por la posibilidad de escoger entre varias plegarias eucarísticas. Si a ello se añaden las diferentes modalidades de los ritos iniciales y las que cada celebrante aporta de su cosecha, tenemos que las variantes de la forma ordinaria del rito romano pueden ser entre sí más divergentes que la diferencia que puede existir entre una celebración con el nuevo misal empleando el canon romano y la celebración de la Forma Extraordinaria).

Con el Motu Proprio recuperan actualidad los antiguos libros litúrgicos; el documento cita cuatro: el "Missale" (ed. 1962), el "Rituale" (ed. 1952), el "Pontificale" (ed. 1961-1962) y el "Breviarium" (ed. 1962), pero habrá que añadir seguramente algún otro. (El "Martyrologium", el "Coeremoniale Episcoporum", el "Memoriale Rituum", y todos los libros musicales: "Antiphonale", "Graduale", etc.). Debemos subrayar que la carta afirma que “tampoco los sacerdotes de las comunidades que siguen el uso antiguo pueden, en principio, excluir la celebración según los libros nuevos”. Esto es muy importante. Es un modo suave, pero firme, de hacer reconocer a todos, incluso a quienes tienen simpatías lefebvrianas, que la Misa postconcilar es la Misa ordinaria de la Iglesia católica de Rito romano, y nadie puede rechazar su celebración como si no fuese válida. (Con el mismo celo debe advertirse lo contrario: nadie debería comportarse como si la Forma Extraordinaria no fuera válida).
No se puede ocultar que el documento papal deja abiertas algunas cuestiones que podríamos calificar como problemáticas (problemáticas, ¿para quien?). En primer lugar, el aspecto relativo a la lengua latina. El latín no está ligado al Misal de san Pío V o al del beato Juan XXIII. La liturgia romana tiene como lengua oficial la lengua latina: el Misal de Pablo VI (ed. 1970 y 1975) y de Juan Pablo II (ed. 2002) están editados en latín. Por tanto se ha de desechar la identificación entre latín y liturgia preconciliar; la mera nostalgia del latín no justifica el abandono de la misa postconciliar, que también se puede celebrar en latín. (Será por lo mucho que se celebra el Novus Ordo en latín. Se puede celebrar y se debería, si se hiciera caso de lo que el Concilio quiso y declaró, pero de hecho no se celebra prácticamente en ningún sitio salvo en Roma, en las celebraciones litúrgicas pontificias. En Barcelona se celebraba todavía en la catedral a principios en 1993 hasta que monseñor Tena la hizo suprimir sin más. De todos modos, alegra saber que en la Comisión Episcopal de Liturgia no olvidan que el latín es la lengua oficial de la liturgia, aunque no hagan nada por promoverlo).

Una segunda cuestión problemática tiene que ver con la expresa petición que el Concilio realizó respecto a abrir a los fieles con mayor abundancia la mesa de la Palabra de Dios. Con el Misal de 1962 se pierde toda la riqueza del Leccionario actual y, consecuentemente, se resentiría también la predicación. (La predicación no se resiente de la perícopa de la Escritura en la que se inspira, sino si el predicador lo hace mal. Hoy en día hay predicadores malísimos con el Leccionario nuevo, al que muchas veces ni se ajustan). La Comisión "Ecclesia Dei” clarificó hace años que es posible, no obligatorio, usar el leccionario del Misal Romano promulgado por Pablo VI, el leccionario fruto de la reforma litúrgica postconciliar, en el Misal de Juan XXIII. Nunca se detalló cómo hacerlo, y ahora se reabre la cuestión. (El motu proprio Summorum Pontificum sólo ha dicho que eventualmente se podrán añadir nuevos propios de santos y nuevos prefacios al Misal del beato Juan XXIII; no ha hablado del leccionario. Además, hoy en día se cuestiona por algunos teólogos la supuesta pobreza de lecturas en dicho misal, no pudiéndose limitar el análisis al número de ellas).

En tercer lugar, será empobrecedor abandonar la oración de los fieles y volver a la única plegaria eucarística, el Canon romano, venerable por su antigüedad, pero menos que la actual Plegaria eucarística II, más antigua. (Que el llamado “canon de Hipólito” sea más venerable que el Canon Romano por una mera cuestión de antigüedad es muy discutible y sostener semejante cosa es expresión de puro arqueologismo, condenado por Pío XII en su magnífica encíclica Mediator Dei). También éstos son valiosos tesoros de los que se verán privados quienes regresen exclusivamente a la misa de 1962. (Como valiosos son los tesoros de la riquísima liturgia oriental, de los que nos vemos privados los católicos de rito latino. Pero es que no se trata de tesoros contrapuestos, sino simplemente diferentes, que producen sus efectos benéficos cada uno según su carácter. Canals nada bueno dice, por el contrario, de las ventajas del misal de 1962: rito minuciosamente codificado, que impide las traducciones defectuosas, las inventivas, el protagonismo del sacerdote sobre la propia liturgia, y que favorece, por otra parte, la adoración y el silencio, y subraya el carácter sacrificial, propio de la Misa).


Pueden parecer preocupaciones exageradas (eran exageradas, el motu proprio lleva dos años de aplicación y no ha provocado apenas polémica, es más, la Forma Extraordinaria se oficia hoy en cientos de parroquias de todo el mundo, enriqueciendo la vida litúrgica y produciendo frutos espirituales y vocaciones religiosas), pero se trata de temores presentes en el corazón de los cultores de la liturgia. Ello no impide, obviamente, que se pueda valorar positivamente el esfuerzo del Santo Padre por animar la recuperación de la paz y la unidad en la Iglesia, también en el campo litúrgico. Pero tampoco podemos ni debemos olvidar, que las dificultades no están sólo, ni principalmente, en nuestro ámbito litúrgico. (Entonces, ¿por qué se oponen tanto en ciertos sectores de ese ámbito a la aplicación de Summorum Pontificum?).

El Papa exhorta en su carta, como ya lo había hecho recientemente en la Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum Caritatis, a un cuidado mayor de las celebraciones litúrgicas, y ello nos induce a pensar que donde la misa celebrada en su forma ordinaria se haga bien, no habrá tentación de pasar a la forma extraordinaria. (Canals parece no haber entendido nada del motu proprio; no se trata de una tentación, es un derecho de sacerdotes y fieles. Cuando el cardenal Ratzinger, el cardenal Cañizares, el cardenal Ving-Trois, el cardenal Pell, han oficiado con el Misal de 1962 -incluso antes del motu proprio- no han sucumbido a ninguna tentación, sino que han hecho uso del tesoro espiritual y cultural de la liturgia católica). En el fondo, no deja de ser si no una invitación a todos, ministros ordenados y fieles laicos, en definitiva a todas las comunidades eclesiales, a una celebración cuidada y profunda del Misterio de nuestra fe. (Pero si ni siquiera han hecho caso de la modificación de la traducción del “pro multis” de la consagración, establecida obligatoriamente por la Congregación para el Culto Divino, cosa que atañe directamente a las celebraciones con el Misal de Pablo VI. Que nos hablen después de obediencia y acatamiento).


Fuente: UNA VOCE MÁLAGA

jueves 8 de octubre de 2009

ORACIONES EN LATÍN







Un amable lector nos ha hecho notar que damos por supuesto en este blog el conocimiento de las principales oraciones del cristiano en latín y tiene razón. Para subsanar esto ofrecemos a continuación el texto bilingüe de dichas oraciones, que esperemos sea de provecho para todos.


SIGNVM SANCTAE CRUCIS


Per signum Sanctae (†) Crucis, de inimicis (†) nostris, libera nos, (†) Domine Deus noster. In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti. Amen.

Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor Dios nuetro. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.



PATER NOSTER

Pater noster, qui es in caelis, sanctificetur nomen tuum. Adveniat regnum tuum. Fiat voluntas tua, sicut in caelo et in terra. Panem nostrum quotidianum da nobis hodie, et dimitte nobis debita nostra sicut et nos dimittimus debitoribus nostris. Et ne nos inducas in tentationem, sed libera nos a malo. Amen.

Padre nuestro, que estás en los cielos, santificado sea tu Nombre; venga a nosotros tu reino; hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo. El pan nuestro de cada día dánosle hoy; y perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores; y no nos dejes caer en la tentación, mas líbranos del mal. Amén.


AVE MARIA


Ave Maria, gratia plena, Dominus tecum. Benedicta tu in mulieribus, et benedictus fructus ventris tui, Iesus. Sancta Maria, Mater Dei, ora pro nobis peccatoribus, nunc, et in hora mortis nostrae. Amen.

Dios te salve, Maria; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre, Jesús. Santa Maria, Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.


GLORIA PATRI seu DOXOLOGIA MINOR


Gloria Patri, et Filio, et Spiritui Sancto. Sicut erat in principio, et nunc, et semper, et in saecula saeculorum. Amen.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén.


CREDO seu SYMBOLVM APOSTOLORVM


Credo in Deum Patrem omnipotentem, Creatorem caeli et terrae. Et in Iesum Christum, Filium eius unicum, Dominum nostrum, qui conceptus est de Spiritu Sancto, natus ex Maria Virgine, passus sub Pontio Pilato, crucifixus, mortuus, et sepultus, descendit ad inferos, tertia die resurrexit a mortuis, ascendit ad caelos, sedet ad dexteram Dei Patris omnipotentis, inde venturus est iudicare vivos et mortuos. Credo in Spiritum Sanctum, sanctam Ecclesiam catholicam, sanctorum communionem, remissionem peccatorum, carnis resurrectionem, vitam aeternam. Amen.

Creo en Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. Y en Jesucristo. su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.


SALVE REGINA

Salve Regina, mater misericordiae, vita, dulcedo, et spes nostra, salve. Ad te clamamus exsules filii Hevae. Ad te suspiramus, gementes et flentes in hac lacrimarum valle. Eia, ergo, advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte. Et Iesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium ostende. O clemens, O pia, O dulcis Virgo Maria.

V. Ora pro nobis, Sancta Dei Genitrix.
R. Ut digni efficiamur promissionibus Christi.


Dios te salve, reina y madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra; Dios te salve. A ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a ti suspiramos, gimiendo y llorandoen este valle de lágrimas. Ea, pues, Señora, abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos; y después de este destierro muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre. ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!

V. Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
R. Para que seamos dignos de las promesas de Cristo.


SVB TVVM PRAESIDIVM


Sub tuum praesidium confugimus, Sancta Dei Genetrix. Nostras deprecationes ne despicias in necessitatibus, sed a periculis cunctis libera nos semper, Virgo gloriosa et benedicta. Amen.

Domina nostra, Mediatrix nostra, Advocata nostra: tuo Filio nos reconcilia, tuo Filio nos commenda, tuo Filio nos repraesenta.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios, no desprecies nuestras súplicas en las necesidades, antes bien líbranos de todo peligro, oh Virgen gloriosa y bendita. Amén.

Señora nuestra, Medianera nuestra, Abogada nuestra: reconcílianos con tu Hijo, encomiéndanos a tu Hijo, preséntanos ante tu Hijo.


MEMORARE


Memorare, O piissima Virgo Maria, a saeculo non esse auditum, quemquam ad tua currentem praesidia, tua implorantem auxilia, tua petentem suffragia, esse derelictum.Ego tali animatus confidentia, ad te, Virgo Virginum, Mater, curro, ad te venio, coram te gemens peccator assisto. Noli, Mater Verbi, verba mea despicere; sed audi propitia et exaudi. Amen.

Acordaos, ¡oh piadosísima Virgen María!, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a Vos acudo, oh Madre, Virgen de las vírgenes, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante Vos. Oh madre de Dios, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.


AD SANCTVM IOSEPH


Virginum custos et pater, sancte Joseph, cujus fideli custodiae ipsa Innocentia Christus Jesus et Virgo virginum Maria commisa fuit; te per hoc utrumque carissimum pignus Jesum et Mariam obsecro et obtestor, ut me, ab omni immunditia praeservatum, mente incontaminata, puro corde et casto corpore Jesu et Mariae semper facias castissime famulari. Amen.

Fac nos innocuam, Ioseph, decurrere vitam. Sitque tuo Semper tuta patrocinio.

Oh custodio y padre de vírgenes San José, a cuya fiel custodia fueron encomendadas la misma inocencia Cristo Jesús y la Virgen de las vírgenes María. Por estas dos queridísimas prendas, Jesús y María, te ruego y te suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén.

Haz, oh José, que nuestra vida transcurra tranquila y que siempre sea segura bajo tu patrocinio.


AD SACRAM FAMILIAM


Iesu, Maria, Ioseph, vobis cor et animam meam dono.
Iesu, Maria, Ioseph, adstate mihi in extremo agone.
Iesu, Maria, Ioseph, in pace vobiscum dormiam et requiescam.

¡Jesús, José y María, Os doy el corazón y el alma mía!
¡Jesús, José y María, asistidme en vida y en mi última agonía!
¡Jesús, José y María, expire en paz con Vos el alma mía!


AD SANCTVM MICHAËLEM


Sancte Michaël Archangele, defende nos in proelio ut non pereamus in tremendo iudicio.

Oh San Miguel Arcángel, defiéndenos en la batalla para que no perezcamos en el tremendo juicio.


AD SANCTVM ANGELVM CVSTODEM


Angele Dei, qui custos es mei, Me tibi commissum pietate superna: (hodie, hac nocte) illumina, custodi, rege, et guberna. Amen.

Ángel de Dios, que eres mi custodio: ya que la piedad de lo Alto me ha confiado a ti, ilumíname, guárdame, guíame, gobiérname.


AD OMNES ANGELOS ET SANCTOS


Omnes beatorum Spirituum ordines: orate pro nobis.
Omnes Sancti et Sanctae Dei: intercedite pro nobis.


Todos los órdenes de los bienaventurados espíritus: rogad por nosotros.
Todos los Santos y Santas de Dios: intercede por nosotros.


BENEDICTIO MENSAE


Benedic, Domine, nos (+) et haec (+) tua dona quae de tua largitate sumus sumpturi. Per Christum Dominum nostrum. Amen.

Iube, Domine benedicere.

(Ad prandium:) Mensae caelestis participes faciat nos, Rex aeternae gloriae. Amen.
(Ad coenam:) Ad cenam vitae aeternae perducat nos, Rex aeternae gloriae. Amen.

Bendícenos (+), Señor, y bendice (+) estos dones con los cuales seremos alimentados por tu largueza.

Manda, Señor, bendecirme

(A la comida:) Que el Rey de la gloria eterna nos haga partícipes de la mesa celestial. Amén.
(A la cena:) Que el Rey de la eterna gloria nos conduzca a la cena de la vida eterna. Amén.


PRO PAPA


Oremus pro Pontifice nostro Benedicto. Dominus conservet eum, et vivificet eum, et beatum faciat eum in terra, et non tradat eum in animam inimicorum eius.

V. Tu es Petrus.
R. Et super hanc petram aedificabo Ecclesiam meam.

Oremus. Deus, omnium fidelium pastor et rector, famulum tuum N., quem pastorem Ecclesiae tuae praeesse voluisti, propitius respice: da ei, quaesumus, verbo et exemplo, quibus praeest, proficere: ut ad vitam, una cum grege sibi credito, perveniat sempiternam. Per Christum, Dominum nostrum. R. Amen.

Roguemos por nuestro Pontífice Benedicto. El Señor le conserve y le guarde, le haga feliz en la tierra y no permita que caiga en manos de sus enemigos.

V. Tu eres Pedro.
R. Y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.

Oremos. Oh Dios, pastor y guía de todos los fieles, mira propicio a tu siervo Benedicto, a quien has querido hacer pastor y jefe de tu Iglesia; haz que con su ejemplo y su palabra aproveche a los que preside, y que en unión con la grey que te has dignado confiarle, consiga la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo. R. Amén.


PRO AGONIZANTIBVS


O Clementissime Iesu, amator animarum, obsecro te per agoniam Cordis tui sanctissimi et per dolores Matris tuae immaculatae lava in sanguine tuo peccatores totius mundi nunc positos in agonia et hodie (seu hac nocte) morituros. Amen.

Cor Iesu in agonia factum, miserere morientium.
Cor Mariae dolorossisimum, esto solacium omnibus agonizantibus.

Oh, clementísimo Jesús, Amador de las almas, suplícote por la Agonía de tu Corazón Santísimo, y por los Dolores de tu Madre Inmaculada, que laves en tu Sangre Preciosa,a todos los pecadores que estén agonizantes y hayan de morir en el día de hoy (o en esta noche).

Corazón agonizante de Jesús, tened misericordia de los moribundos.
Corazón dolorido de María, sed consuelo de todos los agonizantes.


PRO ANIMABVS DEFVNCTORVM


De profundis clamavi ad te, Domine; Domine exaudi vocem meam.
Fiant aures tuae intendentes in vocem deprecationis meae.
Si iniquitates observaveris,Domine, Domine, quis sustinebit?
Quis apud te propitiatio est, et propter legem tuam, sustinui te, Domine.
Sustinuit anima mea in verbo eius; speravit anima mea in Domino.
A custodia matutina usque ad noctem, sperat Israel in Domino.
Quia apud Dominum misericordia, et copiosa apud eum redemptio.
Et ipse redimet Israel ex omnibus iniquitatibus eius.

V. Requiem æternam dona eis, Domine.
R. Et lux perpetua luceat eis.
V. Requiescant in pace.
R. Amen.

Desde lo más profundo, yo clamo a ti, Señor, oye mi llamada. Inclina tus piadosos oídos hacia mí y acoge mis súplicas. Porque, si miras todos los pecados e injusticias cometidos, quién, Señor, podrá permanecer delante de Ti? Por muy grandes que sean nuestros pecados la gracia de Dios es mucho mayor; Su mano nunca deja de ayudar por muy grande que sea el daño.Él solo es el buen pastor que redimirá a Israel de todos sus pecados.

V. Dadles, Señor, el descanso eterno.
R. Y que la luz perpetua les alumbre.
V. Que descansen en paz.
R. Amén.

Fuente: Costumbrario Tradicional Católico


viernes 2 de octubre de 2009

Misa en memoria de Pío XII en Barcelona


75º ANIVERSARIO DEL XXXII CONGRESO EUCARÍSTICO
INTERNACIONAL DE BUENOS AIRES Y DEL PASO
DEL CARDENAL PACELLI POR ESPAÑA

El Cardenal Pacelli, legado papal


El próximo 9 de octubre, como cada año, recordaremos un nuevo aniversario de la partida a la Casa del Padre del papa Pío XII, de santa y augusta memoria. En esta ocasión la fecha coincide con una importante efeméride cual es el 75º aniversario de la celebración del XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires, al cual asistió el entonces cardenal Eugenio Pacelli, secretario de Estado, en calidad de legado a latere de Pío XI. El 9 de octubre de 1934 ponía pie en suelo argentino, tras una travesía de doce días, en el curso de la cual, hizo dos escalas en territorio español: Barcelona y Las Palmas. La semana pasada nos referíamos a la breve pero densa visita del cardenal Pacelli a la capital catalana. De regreso del Congreso, volvería a pasar por la Ciudad Condal, siendo esta vez recibido con mayor solemnidad y carácter oficial, invitado por el capitán general de Cataluña, general Domingo Batet, fervoroso católico. En su momento nos ocuparemos de esta segunda estancia del futuro Pío XII en Barcelona.


El P. Mariné, que conoció al cardenal Pacelli

Sacerdote amigo del SIPA (SODALITIVM INTERNATIONALE PASTOR ANGELICVS) es el R.P. José Mariné Jorba, párroco emérito de San Félix Africano, que el 12 de octubre próximo cumplirá noventa años de edad. En otra ocasión hemos publicado su testimonio personal sobre Eugenio Pacelli, a quien conoció precisamente hace setenta y cinco años durante su visita a Barcelona. Fue gracias al prelado barcinonense Don Manuel Irurita y Almándoz (que sería de ahí a poco martirizado en el curso de la persecución religiosa en España en su fase bélica). Entonces, José Mariné era un joven seminarista de catorce años, que, junto con sus condiscípulos, fue llevado por su obispo al puerto para recibir y saludar al cardenal legado. El encuentro con el majestuoso y ascético príncipe de la Iglesia produjo en él una impresión semejante a la que vivió un niño bávaro con el cardenal Faulhaber –de visita en su pueblo– y que se convertiría con el tiempo en el papa Benedicto XVI. El seminarista Mariné quedó marcado por esta experiencia, que se repetiría años más tarde siendo él ya sacerdote y el cardenal papa con el nombre de Pío XII. Éste y el arzobispo Dr. Modrego fueron, de hecho, los ejemplos que inspiraron su vida sacerdotal.

En ocasión de estas efemérides, que coinciden con el Año Pacelliano 2008-2009 (celebrándose este año el septuagésimo aniversario de la elección y coronación de Pío XII), se ha organizado un sencillo programa conmemorativo que se desarrollará en Barcelona, según el siguiente horario:


Viernes, 9 de Octubre de 2009

6:30 de la tarde: Santa Misa en memoria de Pío XII
A continuación: Proyección del documental sobre el

XXXII Congreso Eucarístico Internacional
de Buenos Aires de 1934

Homenaje al R.P. José Mariné Jorba, testigo de la
visita del cardenal Pacelli, en ocasión de sus 90 años


Parroquia de San Juan María Vianney
C/ Melcior de Palau, 56-58 (Les Corts)

Teléfonos: 933 391 439 y 933 391 441


Así pues, quedan todos invitados a participar en estos actos, que pretenden enaltecer la figura del gran pontífice que fue Pío XII y, al mismo tiempo, rendir un merecidísimo homenaje a Mossèn Mariné, sacerdote ejemplar y pacelliano, que tanto bien ha hecho (y sigue haciendo a sus noventa años) a las almas con su santo ministerio. El documental sobre el XXXII Congreso Eucarístico Internacional de Buenos Aires se debe a la gentileza de don Gabriel Walter Gómez, delegado del SIPA para la Argentina, donde está coordinando la conmemoración del 75ª aniversario de ese magno evento (que marcó profundamente la vida de la Iglesia Americana). Nuestro agradecimiento a este buen amigo y consocio, que ha hecho posible que podamos ofrecer la proyección de esta joya fílmica de época. Deseamos también manifestar nuestro reconocimiento a la web UNA VOCE MÁLAGA por haberse hecho amablemente eco de los actos del próximo 9 de octubre.



Fuente: SODALITIVM INTERNATIONALE PASTOR ANGELICVS
http://sipastorangelicvs.blogspot.com/2009/10/misa-en-memoria-de-pio-xii-en-barcelona.html