martes 3 de febrero de 2009

Benedicto XVI: víctima del "affaire Williamson"



El Santo Padre Benedicto XVI está siendo objeto de una miserable y malévola campaña política y periodística con el pretexto del levantamiento de las excomuniones que pesaban sobre los cuatro obispos de la Fraternidad Sacerdotal de San Pío X (FSSPX). Como se sabe, uno de ellos –monseñor Richard Williamson– hizo en Alemania, en el mes de noviembre último, unas declaraciones para la televisión sueca en las que se manifestaba como partidario de tesis revisionistas en el delicado tema de la Shoah. Según el prelado, las cámaras de gas no habrían existido y la cifra de judíos muertos realmente en los campos de concentración nazis habría sido muy inferior a la comúnmente aceptada de seis millones: en realidad, según él, habrían perecido unos 200 ó 300 mil. La entrevista televisada fue sacada a relucir sólo después de conocerse, hace unos días, la generosa decisión del Papa a favor de los obispos consagrados por monseñor Lefebvre en 1988. Ahora bien, lejos de considerarse que el acto del Romano Pontífice es estrictamente eclesial y no tiene nada que ver con una suerte de espaldarazo dado a las opiniones privadas de monseñor Williamson, se ha puesto el grito en el cielo y se clama contra Benedicto XVI como si fuera un favorecedor del antisemitismo. En Alemania la reacción en este sentido es especialmente virulenta y, por supuesto, no han faltado declaraciones de rabinos en todo el mundo lamentando –a veces en términos muy displicentes– la decisión papal.

Vaya por delante que monseñor Williamson estuvo desafortunado, inoportuno y desacertado al emitir públicamente su opinión acerca de un tema que obviamente no domina (ya que, aunque tiene formación humanística, no es un especialista en el tema y ni siquiera historiador de profesión). Por supuesto, en tanto persona particular puede pensar lo que le venga en gana, como cualquier mortal, que para eso hay libertad de opinión (en nombre de la cual se defienden a veces verdaderas barbaridades). Pero en este caso existen dos circunstancias que aconsejaban al prelado guardar un prudente silencio: la primera, su condición de obispo (y obispo notorio); la segunda, el país donde hizo las polémicas manifestaciones (en Alemania, nación hipersensibilizada en todo lo que se refiere al Holocausto, debido a un comprensible sentimiento de culpa, y donde el antisemitismo está penado por ley). Ahora bien, es conveniente aclarar que monseñor Williamson no ha negado el Holocausto; ha minimizado sus alcances y amplitud. El revisionismo tiene grados que van desde el reduccionismo hasta el negacionismo puro. Está claro que el obispo inglés sólo ha sido reduccionista y eso no necesariamente es antisemitismo. Se pueden barajar cifras inferiores a las de la versión oficial y aceptada de la Shoah sin por ello dejar de condenar la acción de los nazis. Así pues, llamarlo “negador del Holocausto” u “obispo antisemita” como han venido proclamando ad nauseam la mayoría de los medios de comunicación en sus titulares es desproporcionado.

La Shoah es una trágica verdad de cuya terrible envergadura no se puede razonablemente dudar. No sólo existen pruebas materiales y el testimonio desgarrador de las víctimas que sobrevivieron (muchas de las cuales aún están en este mundo), sino que personalidades mundiales de indudable solvencia moral –incluidos los papas Juan Pablo II y el ahora injustamente atacado Benedicto XVI– así lo han asumido. Es cierto que la cifra de seis millones es impresionante, pero en modo alguno exorbitante si pensamos en los otros grandes genocidios en masa y llevados a cabo en un corto plazo a lo largo del siglo XX: las grandes matanzas en la URSS de Lenin (cuatro millones de muertos en el período 1917-1924); el homolodor organizado por Stalin y que costó la vida, entre 1932 y 1933, a unos 5 a 7 millones de kulaks ucranianos, muertos por el hambre planificado; las purgas de Mao Tse-tung (que hablaba cínicamente de la muerte de millones de víctimas como un simple dato de estadística); la liquidación de dos millones y medio de personas en Camboya (la tercera parte de la población de entonces) entre 1975 y 1979 por los Khmers Rouges… De cualquier modo, la eliminación inicua de un solo ser humano ya es un baldón para toda la humanidad. Y los nazis serían igualmente repugnantes por haber eliminado a 200 ó 300 mil que a seis millones. Pero no es el caso de relativizar esta última cifra en toda su contundencia tan sólo en base a literatura no contrastada y frecuentemente panfletaria. Menos aún cuando sus principales propagandistas suelen ser grupos y movimientos neonazis.

Por otro lado, el affaire Williamson ha puesto de manifiesto la existencia de una doble vara de medir según de qué genocidio se trate. Nadie parece interesarse en el armenio perpetrado por el gobierno turco a inicios del siglo XX, o el de los ibos por las autoridades nigerianas durante la Guerra de Biafra (1967-1970), o el de los bengalíes orientales por el régimen de Islamabad en 1971, o el de los kurdos en la década de los ochenta en Iraq, o el que está en curso en Darfur (en el Chad), donde los islámicos Yanyauid están llevando a cabo una auténtica limpieza étnica sobre las tribus negras. Ahora bien, hacer pesar una marmórea losa de silencio sobre estos crímenes de lesa humanidad ¿acaso no es en la práctica un negacionismo? En España, por ejemplo, hay quienes todavía hacen peor: llegan a justificar las muertes de los asesinados por motivos religiosos e incluso profanan su memoria (hace poco aparecieron pintadas en los muros del abandonado seminario de Sigüenza, en las que se hacía escarnio de monseñor Nieto, el obispo de la diócesis martirizado en 1936). Es como decir que los judíos exterminados en los campos de la muerte se lo tenían merecido (lo cual es monstruoso).

Justamente se indignan los rabinos y otras autoridades del judaísmo por lo que acerca de la Shoah dijo monseñor Williamson y realmente se impondría de parte de él una retractación en forma. La carta al cardenal Castrillón en la que pide disculpas al Papa no es suficiente, pues en realidad adolece de victimismo (al ofrecer su cabeza a ejemplo del profeta Jonás, como si fuera una suerte de chivo expiatorio), lo que hace dudar, si no de su sinceridad (como bien ha dicho el cardenal Vingt-Trois de París, no se puede juzgar la conciencia de nadie), sí de su voluntad de rectificar. Todo este episodio deteriora en verdad el diálogo entre judíos y católicos en el que Benedicto XVI está especialmente interesado. Pero hay que decir que el camino hacia un entendimiento de ambos ha sido minado también por la otra parte. Aún está fresco el recuerdo de la intervención del rabino de Haifa arremetiendo contra la memoria de Pío XII en pleno sínodo de obispos. Los indignos y virulentos ataques contra este papa, vilipendiado por una propaganda interesada, ¿no son una forma de revisionismo? De ser reconocido por las más altas instancias israelitas como un protector de los judíos perseguidos, Eugenio Pacelli pasó a ser, por obra de una ficción teatral, acusado de complicidad con los nazis por sus supuestos silencios, sin que hasta ahora avale este abrupto cambio de opinión la investigación histórica seria. ¿Por qué, pues, los católicos, tienen que seguir soportando que se ofenda de modo infame a uno de sus más grandes pontífices sin que nadie clame contra un presunto “anticatolicismo” (como se hace con el antisemitismo)?

Pero el mayor perjudicado en todo este asunto –como se ha señalado al comienzo de las presentes líneas– es el más inocente: Su Santidad el Papa, que ha actuado con la mejor voluntad del mundo al levantar las excomuniones de los obispos de la FSSPX. Como ya lo deseaba Juan Pablo II, su sucesor busca favorecer un diálogo fructífero con este importante instituto clerical, que lleve a la plena comunión de éste con Roma. El primer paso ha sido precisamente quitarle el baldón del cisma (lo que no significa que no haya todavía un camino más o menos largo por recorrer hasta la plena comunión). Propalar maliciosamente, como se ha hecho de forma reiterada en los últimos días, que “Benedicto XVI ha rehabilitado a un obispo que niega el Holocausto” revela mala fe y ganas de confundir al público. El Papa ha tenido el gesto sencillo y profundo de tender la mano, para que haya reconciliación en el seno de la Iglesia, sin segundas intenciones. Y lo ha hecho porque es un hombre magnánimo, es decir, de gran corazón. Quizás precisamente por eso, por ser una persona de buena voluntad y noble, incapaz de imaginar ningún trasfondo de politiqueo o de intriga, se le ha vuelto a convertir en la diana de las críticas. Es impensable que un pontífice tan delicado y cuidadoso con todo lo que se refiere al judaísmo –máxime siendo alemán– sea capaz de una provocación tan burda y gratuita como la que se le atribuye de readmitir en la Iglesia Católica a "un grupo de fieles antisemitas que niegan la Shoah" (que es como se pretende presentar el asunto).

Quizás sí es verdad que el expediente de la FSSPX ha sido llevado con una cierta precipitación y descoordinación en la Curia Romana. Es lo que parece deducirse de ciertas actitudes y declaraciones de los cardenales Re, Kasper y Schönborn, de las que se han hecho eco en el mundo hispanoparlante sitios serios como La Cigüeña de la Torre, Secretum meum mihi, La Buhardilla de Jerónimo y Panorama Católico Internacional. La persona directamente concernida sería el cardenal Castrillón, encargado de seguir el caso y de informar en vistas al levantamiento de las excomuniones. El presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, cercano a la jubilación forzosa (en junio cumple los 80 años) y queriendo dejar el trabajo hecho, habría soslayado algunos procedimientos que dictaba la prudencia, como el de informarse cuidadosamente acerca de los antecedentes de los obispos de la FSSPX y averiguar si había algo que pudiera eventualmente causar complicaciones innecesarias (como efectivamente así ha sido por desgracia). Esta inadvertencia habría impedido que se tomaran las medidas oportunas antes de que el Papa firmase el decreto del 21 de enero. Conociendo el pensamiento del obispo Williamson acerca del Holocausto (las opiniones vertidas a la televisión sueca venían ya de antiguo), se habría podido prevenir todo el escándalo que se ha armado y evitarlo de algún modo sin perjuicio de la generosa medida papal. Ahora se sabe que el reportaje televisivo formaba parte de un plan para desprestigiar a Benedicto XVI en el momento oportuno. La involuntaria negligencia en el trámite curial del levantamiento de las excomuniones se lo puso en bandeja a los enemigos del Romano Pontífice.

Lo que toca ahora, en lo que a los católicos se refiere, es cerrar filas en torno al Santo Padre y ofrecerle fervientes oraciones y total apoyo. Prescindiendo de las lamentables y deplorables opiniones personales de monseñor Williamson en la concreta cuestión de la Shoah, es positivo que la FSSPX se incorpore plenamente en la vida de la Iglesia, a la que tiene mucho bueno que aportar. Monseñor Fellay se ha revelado como alguien honrado y sensato y parece la persona idónea para negociar con Roma en vistas a este fin. No debe permitirse que una innoble maniobra de los enemigos de la Iglesia arruine la magnífica oportunidad de zanjar de una vez por todas una dolorosa división que lo único que ha hecho es dispersar las fuerzas que deben ponerse en común para promover el triunfo del reino de Cristo.

Oremus pro Pontifice nostro

BENEDICTO

Dominus conservet eum, et vivificet eum,
et beatum faciat eum in terra,
et non tradat eum in animam inimicorum eius.

1 comentarios:

Anónimo dijo...

Anunciamos a todos que esta maniobra de desprestigio ya desatada por los enemigos del Rey Jesús, se desarrolla con vistas a un fin mayor, el asesinato de Benedicto XVI,no es nada más ni nada menos la conspiración de obispos desde el Vaticano para tomar el poder dela cúpula Romana, esta Torre de Poder que se disputan los débiles aliados del demonio, a la que no pueden acceder porque , pese a las sombras que recorren los pasillos del Vaticano, ya que hay un hombre que, rodeado de víboras y como puede, aún es Fiel al Rey CRisto Jesus y María Reina, Benedicto VXI.
Esto lo anunciamos para que cuando suceda decidan de que lado estar, del lado de los que son deste mundo, o del triunfante Rey Jesús y Su Iglesia, la Única Iglesia de Jesús que ya se edifica sobre la Roca, Pedro Segundo y los Apóstoles de los Últimos Tiempos.